BIENVENIDO A SHERLOCK HOLMES CHILE

" Lo que un hombre puede ocultar, otro hombre lo puede descubrir "
PATAGONIAS SIN REPRESAS..
FIN AL LUCRO...

domingo, 8 de mayo de 2011

SHERLOCKIANO

Cómo ser un “Sherlockiano”



1. Hay que leer y disfrutar todas las novelas de Sherlock Holmes escritas por Conan Doyle.

2. Encontrarse con otros devotos en Sherlockian.net. Otros sitios recomendables son Sherlocktron y Baker Street Blog.

3. Rondar a los Baker Street Irregulars. La membresía no es abierta, ellos llaman a los aspirantes que logran distinguirse.

4. El “Baker Street Journal” debe ser leído por los admiradores del Canon (las cuatro novelas y 56 cuentos cortos sobre Holmes escritos por Sir Arthur) casi como obligación.

5. Manejar el siguiente glosario:
Sherlockiano: admirador o estudioso del personaje de ficción.
Doyleano: seguidor de Conan Doyle.
Pastiche: escrito sobre Holmes que no pertenece al Canon.
Baker Street Irregulars: grupo más importante de fieles, creado en 1934.
Investidura: cuando un miembro de los Baker Street Irregulars recibe un título, sacado del Canon, como por ejemplo “La rata gigante de Sumatra”.

Sherlock Holmes en Chile

 Encontre en la web este interesante texto.......Sherlock Holmes en Chile

Según cuenta el historiador chileno Alberto Edwards (1873-1932), en una fecha no muy precisa del año 1910, posiblemente durante la tibia primavera meridional, Sherlock Holmes, acompañado de su fiel Watson, descendió del tren en la recién estrenada Estación Mapocho (estructura de hierro, con planos encargados a Eiffel) de Santiago de Chile. Los ingleses venían desde Estados Unidos tras pasar por el Gran Ducado de Baden Baden, donde Holmes había trabajado de incógnito en un complicado caso, por encargo de una poderosa familia criolla. El desembarco lo habían hecho horas antes en el puerto de Valparaíso, desde donde se habían desplazado a la capital.
Refiere el cronista e historiador que el agotado Holmes no pudo descansar en absoluto en ese momento, ni tampoco después: lo esperaba una multitud de periodistas que lo agobiaron de preguntas estúpidas, amén de funcionarios que le endilgaron pomposos discursos de bienvenida. La hospitalidad chilena hizo catar al sabueso londinense dudosos manjares autóctonos, se le exigieron conferencias en Sociedades de Historia y Clubes de Señoras, se lo arrastró a polvorientas excursiones campestres, aburridas misas en latín y despistados homenajes.
Entre la multitud que asediaba la estación ferroviaria se escondía, anónimo, un tal Román Calvo, émulo local de Holmes dotado de una modesta reputación como detective privado. Resentido y destilando encono, Calvo confesaba a un amigo, su discreto equivalente de Watson (el propio Alberto Edwards con su seudónimo de Fuenzalida): “Para recibirle echan la casa por la ventana, y a mí no me reconocen ni los perros”. La bronca del criollo era explicable. Calvo recién se enteraba que Holmes había estado trabajando en Chile y, en cierta forma, lo había desplazado en asumir el caso. Posiblemente por su ausencia de la capital. Román Calvo le explica con rabia al narrador que ha permanecido fuera de Santiago dedicado a la entomología.


No por azar es autoridad reconocida en la vida y obra del Amapollodes Scabrosus, un cucaracho particularmente nocivo.El caso en cuestión es la desaparición de Godofredo Valverde, un empleado reconocido como un modelo en la Dirección de Obras Públicas y marido ejemplar... salvo cuando se sale del cauce y parte tras cantantes de ópera, garitos clandestinos o botellas de aguardiente. Empero, no era un mal hombre y siempre volvía al redil. Se le consideraba un ejemplo de marido pródigo; o casi siempre, mejor dicho, porque un día lo atrapa la fiebre del oro y parte a Copiapó, en el norte de Chile, en busca del derrotero de un filón que un tío suyo, sacerdote, ha recibido en confesión de un viejo cateador moribundo. Para sorpresa de todos, en particular de su señora que con lágrimas en los ojos había intentado persuadirlo de abandonar tal quimera, don Godofredo no había caído en una trampa cazabobos, sino que efectivamente había hallado la dichosa mina y estaba a las puertas de volverse rico.
Partió pues el señor Valverde a Minneapolis con un cuñado suyo, compañero en la aventura áurea, para conseguirse unos socios yanquis que aportaran capital. Los encuentra, por cierto, y le pagan un adelanto de dos millones de dólares en efectivo (dólares de hace casi un siglo). Pero su cuñado fallece misteriosamente en New Orleans antes de llegar a destino, y a él aparentemente lo asesinan para robarle, en algún lugar a orillas del río Mississipi.
La esposa acongojada decide que tal suma merece el mejor investigador disponible en el mercado, y recurre a Sherlock Holmes, ofreciéndole cinco mil libras esterlinas de adelanto para gastos; cosa que remece de envidia a Román Calvo al saberlo, ya que él lo habría hecho por unos pocos pesos y pagados en moneda local. Holmes acepta el encargo. El gran sabueso investiga en Estados Unidos y encuentra algo demasiado misterioso y sucio, aunque asegura que el señor Valverde está vivo. Prefiere abstenerse de seguir investigando. Recomienda abandonar el caso tras su retorno a Europa, pero la señora Valverde lo persuade de continuar, con patéticos ruegos y crecientes ofertas en metálico. Holmes acepta entonces profundizar en la investigación y se embarca para Chile, donde sufre a su llegada, sin saberlo, de los celos del detective nacional. Pero sobre el inglés ha caído también una leve sombra de descrédito...


Sombra leve, aunque suficiente para que la bella viuda decida buscar apoyo en otra parte. Recurre entonces a Román Calvo para que le enmiende la plana a “ese señor Sherlock Holmes” y a ese “otro gringo sonso”, por Watson. El peso de la noche, en otras palabras, la fuerza de las corrientes subterráneas, de los poderes fácticos en la sociedad chilena, se ha impuesto.6 La presencia del extranjero es sólo un pretexto, cuando no un error. La señora Valverde prefiere a su marido muerto antes que sujeto de maledicencia, y Holmes, que no entiende a la sociedad chilena, la ha colmado de angustia y ridículo en lugar de ayudarla.
Calvo idea una trampa para Holmes. Decide abordarlo de improviso durante la visita que Holmes y Watson hacen a la hacienda de un amigo de Fuenzalida, el narrador de la historia. Pero Holmes descubre por pura observación que el recién llegado es detective y además entomólogo. Antes, por pura deducción, ha anunciado a Watson de la aparición de su rival. El duelo está lanzado. Los sabuesos compiten en dialéctica, apoyados por sus amanuenses, Watson y Edwards alias Fuenzalida. Estos se alternan en la narración de los hechos. Al final, los sabuesos deciden colaborar y la pesquisa se transforma en una competencia que los lleva al Perú, a Baden Baden, a Mónaco.
Las tesis del chileno se imponen, Holmes deportivamente reconoce que se ha equivocado. La frase final explica por qué: “Que bien se está Sherlock Holmes en Londres y Román Calvo en Santiago”. Allá Holmes en Inglaterra con su democracia y acá Calvo en Chile con el autoritarismo de Portales, el régimen conservador que el historiador Edwards auspiciaba, y cuya doctrina harían suya, medio siglo después, Pinochet y sus generales de derecha.


fuente:
www.mauroyberra.cl/contenido/.../sherlockholmesenchile.pdf